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OPINIÓN | Demagogia oficialista y sarasa opositora: Por Marcelo Torrez

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Tres puntos intentará dejar en el claro el Gobierno provincial para persuadir a la oposición para que dé el debate por la reforma de la Constitución:

  1. Que Rodolfo Suarez no buscará la reelección porque su proyecto –el que llegó a la Legislatura– no abre ninguna alternativa en ese sentido, dejando expresamente escrito que no habrá modificación alguna a lo que hoy existe.
  2. Que, efectivamente, el Gobierno está convencido de que si se elimina una de las cámaras –como lo impulsa–, el Legislativo será más efectivo y ágil en el tratamiento de las normas que surjan, permitiendo al gobierno de turno imprimir más acción y rapidez en las transformaciones que se proponga hacer en una gestión acotada de cuatro años de mandato.
  3. Que, además de lograr un ahorro en el gasto de la política porque se irá hacia la unicameralidad y porque se eliminarán las elecciones de medio término, eso no provocará un acrecimiento del poder o de las facultades del gobernador, como algunas voces discordantes y críticas con la iniciativa reformista han advertido en las últimas horas.

Sobre esos argumentos se construirá la columna vertebral de un proyecto que está llamado a jugar fuerte políticamente y a influir en un contexto electoral como el que se avecina, más que a perseguir un cambio de fondo y estructural en el ordenamiento dogmático de la Constitución.

El peronismo, que ayer discutía en Tunuyán este mismo dilema que se le clavó como una espina en el zapato, se pudo haber dado cuenta tarde de la movida, y hoy tiene que salir a buscar una salida de urgencia al enredo en el que quedó entrampado por dilatar decisiones que debió tomar el año pasado, cuando el oficialismo dio a conocer el proyecto, o bien, mucho antes, cuando el mismo gobernador confirmó sus intenciones reformistas en aquel discurso del 1 de mayo, cuando inauguró el período de sesiones legislativas.

Como ya se ha dicho antes en este mismo espacio, el proyecto redactado por el ministro de Gobierno, Víctor Ibañez, sorprendió por lo escueto y concreto, una característica que no tendría que abrir algún juicio de valor apresurado en contra sobre la calidad de la propuesta en sí y su profundidad. Por el contrario, podría tratarse de una virtud. Pero, la simpleza del escrito abrió una brecha por donde la política ha dejado escurrir todas las maldades y crueldades de la que es capaz, tales como que, de entrada, se trata de un proyecto mediocre y decididamente malo que sólo está puesto en la escena para jugar un rol puramente electoral.

Que el Gobierno va a utilizar para lo que viene (PASO y legislativas de medio término) todo lo que tenga a mano para reafirmar el apoyo que ha recibido en las últimas elecciones, no hay ninguna duda de eso. Va de suyo y, por supuesto, que usará a su favor un proyecto de reforma en donde, además de aquello que se enumera al comienzo, le agregará el hecho de que serán millones de pesos los que se ahorrará la Provincia al contar con la mitad de los legisladores y una elección menos.

Con qué argumentos se opondrá el peronismo para decirle que no al proyecto cuando el Gobierno lo conduzca hacia un callejón sin salida: o se suma al tren del ahorro y la eficiencia o puede que se exponga a seguir perdiendo contacto con la ciudadanía. Pero, la verdad es que la incidencia sobre el presupuesto es menor, mínima, alcanzando el 1 por ciento del total de los recursos con los que se cuenta. También está claro que en la oposición no ha aparecido, al menos en la superficie a la vista de todos, algún cuadro creíble y con las condiciones de poder explicar con firmeza y seguridad que bien se puede ahorrar en decenas de partidas antes que ir a desguazar la Legislatura.

En el peronismo entienden que si le dicen que sí al proyecto de Suarez, puede que tengan más para perder que para ganar en una discusión política en torno a las modificaciones más trascendentes de la Constitución, que se la llevará quien imponga la mayoría de convencionales constituyentes. La oposición se ve débil, demasiado, como para asumir semejante riesgo porque ninguno de sus integrantes en su sano juicio puede descartar una nueva derrota dolorosa y por un margen más amplio del imaginado. En cambio, sí el año pasado –cuando se conoció el proyecto oficial– quizás debió haber comenzado a elaborar su propia iniciativa para que, cuando llegase el momento de votar, ninguna de las dos ideas conseguiría imponerse. Hoy parece ser tarde, cuando el Gobierno apura la discusión con un interés más electoral, que motivado por la necesidad imperiosa de hacerle cambios a la Constitución porque, de lo contrario, peligraría la salud de la democracia y de la república en la provincia. Nada de esto último está ocurriendo, lo que es claro para todo el mundo.

Entonces, lo más probable que aparece en el horizonte de acciones para el peronismo es continuar con la estrategia que desordenadamente ha venido mostrando: como no puede decirle que no al proyecto para no quedar de espaldas a la sociedad en eso del ahorro y de acotar el gasto de la política, puede que insista en eso de que no es el momento, por la pandemia; porque la prioridad pasa por la economía; por la pobreza; por el combate contra el hambre; por la falta de crecimiento, de empleo y de un panorama más promisorio que le permita a la gente concentrarse de verdad en una reforma de tales características. Una respuesta que se vincula, como todos se han dado cuenta, con la sarasa; ese método o mecanismo al que apela la política y que blanqueó el ministro de Economía de la Nación, Martín Guzmán, el día en el cual habló con el micrófono encendido en la Cámara de Diputados, en setiembre del año pasado, y cuando todos esperaban la presentación en Power Point del Presupuesto 2021.

 Fuente: elsol.com.ar

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