Llegaron apurados porque la función comenzaría en 10 minutos. Iban en una Fiat 125 multicarga blanca. La noche estaba hermosa y eso era indispensable.

El conductor paró antes de ingresar al playón y sacando la cabeza rubia por la ventanilla dio las buenas noches y anunció: somos tres. Al lado suyo estaban el hijo, de siete años, y la esposa, la verdadera promotora de esa salida familiar.

Pagó la tarifa impuesta por vehículo, guardó el vuelto y puso primera apenas alzaron la barrera. En busca de la mejor ubicación avanzó muy despacio hacia la parte trasera del predio bordeado de álamos.

A esa hora estaba casi repleto de otros autos y otras camionetas de todos los tamaños y de todos los colores, y por qué no de algún camión o de uno que otro Rastrojero, con jóvenes, adultos y chicos en su interior. Eran casi las 22 y todos estaban impacientes.

Acá está bien, dijo el hombre. Entonces detuvo el rodado detrás de un Peugeot y al costado de una cupé Torino roja –lustradísima– de la que salían risas y la estela de humo de un inconfundible 43/70 recién encendido.

Súbitamente el predio quedó a oscuras y muchos gritaron de emoción. Otros chiflaron para aportar al bullicio.

A continuación se encendió una pantalla blanca, gigantesca, monumental, a la que todos miraron como hipnotizados. El hombre de la Fiat multicarga prendió la radio del vehículo y giró la perilla hasta que encontró el punto justo del dial.

Entonces sí: esa pequeña familia y todos los demás espectadores comenzaron a disfrutar, cada uno desde su vehículo, a través del parabrisas y de los parlantes de la radio, Fiebre de sábado por la noche.

Era la película interpretada por John Travolta en el papel de Tony Manero, ese rey de las discotecas vestido de traje blanco que bailaba como nadie y que parecía desarmarse al ritmo de las canciones de los amos y señores del falsete: Los Bee Gees.

Terminaba la década del ’70 y Mendoza vivía la época dorada de los autocines: esa manera tan particular, popularmente accesible y entrañable que permitía ver cine en lugares abiertos sin ir a los cines del centro.

Autocines que están a punto de volver a ser moda por obra y gracia de la pandemia de coronavirus y para combatir el encierro y el aburrimiento en casa.

No solo para que la gente pueda entretenerse fuera de sus casas en esta cuarentena, sino para que el cine no desaparezca definitivamente como fuente de trabajo por la imposibilidad de reabrir las salas que desde marzo están inaccesibles, mudas y heridas de muerte.

Volver al futuro

El intendente de Junín, Héctor Ruiz, encendió esta semana la mecha de la vuelta de los autocines. Le siguió el Mendoza Plaza Shopping esta semana con el aprovechamiento de la playa de estacionamiento oeste donde iba a funcionar el híper Sodimac. Y luego Palmares.

Ya se decía que el autocine El Cerro, en El Challao, que reabrió años atrás tras un largo parate, está listo para recibir hasta 70 vehículos con hasta 4 espectadores por unidad y proyectar cine como lo hacía antes del aislamiento.

Y mientras estas iniciativan avanzan, surgen evocaciones de memoriosos y nostálgicos que sirven para que los millennials y los centennials sepan de aquel pasado, que en cualquier momento puede convertirse en presente.

Broadway en Guaymallén

En los ’70, cerca de donde hoy funciona el Mendoza Plaza Shopping de Guaymallén, se erigía la pantalla del Auto Cine Broadway (sic). “En avenida de Acceso entre Avellaneda y Arenales. El lugar más cómodo para disfrutar del buen cine”, decía el eslogan publicitario publicado en los diarios.

Hoy, esa zona es perfectamente ubicable. Está 100 metros al oeste del híper Carrefour y otras referencias son el barrio La Madera, la estación de servicios Shell, un hotel y el campo de deportes de la Universidad Juan Agustín Maza.

El Broadway estaba custodiado por un paredón de dos metros de altura. Sin embargo, muchos se daban maña para treparse y ver alguna película desde lo más alto, aun a riesgo de caer o ser amonestado por la vigilancia.

Otros, aunque menos osados, miraban lo que podían desde los árboles que todavía pueblan la lateral sur del Acceso Este. El desafío de poder escuchar las películas lo resolvían fácilmente con una radio a pilas.

Como en las salas del centro, en los autocines podían verse dos películas con quince minutos de intermedio para comer algo y estirar las piernas.

La primera función comenzaba a las 19.30; la última era la trasnoche: desde las 0.45.

“Cuando pasaba por el Acceso me demoraba un ratito para ver algo”, recuerda un muchacho del barrio Santa Ana que volvía en moto del trabajo y que hoy anda por los sesenta y tantos años.

Maní con chocolate

La época de los autocines no era la del pochoclo sino de los turrones y del maní con chocolate. Los espectadores más pudientes compraban comida y bebida en la cantina ubicada estratégicamente en el playón.

Lo más pedido eran papas fritas recién hechas y servidas en conos de cartón y sánguches barros luco, cerveza y gaseosas en botellas de litro. Coca-Cola o Pepsi o 7UP.

Otros llevaban el menú desde la casa: los sánguches de milanesa eran típicos de los ambientes familiares. Y hasta el postre: frutas.

El hombre que parecía ser Dios

En la Semana Santa de 1977, el autocine Mendoza, situado en carril Godoy Cruz 7.700 casi Antonelli, en Guaymallén, recibió, durante varias semanas, a varios cientos de espectadores motorizados. Todos querían ver al Jesús de Nazaret interpretado por Robert Powell.

La miniserie de Franco Zeffirelli de cinco capítulos había sido llevada al cine y el público iba no solo empujado por sus creencias religiosas, sino porque el mundo entero decía que el británico Powell no solo encarnaba al hijo de Dios en la Tierra, sino que era el mismísimo hijo de Dios en la Tierra. Por su mirada. Por su rostro huesudo. Porque sufría de tal modo que el público sufría con él y por él.

Cada función duró casi cuatro horas, excepcionalmente era la única película que se proyectaba y, más allá de las incomodidades propias de lo extensa de la velada, el público se mantuvo cautivo.

A pesar del frío típico de la época, más estando al aire libre y en un lugar despoblado porque se acentuaba. Entonces, contra el frío y a falta de calefacción en los rodados aparecían las mantas, y las camperas reforzadas y algún gorro de lana.

«Mis viejos me llevaban al autocine los sábados. Las frazadas eran infaltables en las noches de invierno»

Daniel Fiochetta, vecino de Guaymallén dedicado al periodismo deportivo que roza los 50, y su evocación de aquella época.

Nada podía perjudicar la velada. Salvo alguna tormenta de agua o de granizo. O algún temporal de verano.

Fin

A fines de los ’80, otros temporales más impiadosos, como la desidia, el abandono y el cierre por falta de espectadores, hicieron que aquellas pantallas monumentales murieran desgarradas, y que los recintos de proyección se vinieran abajo.

Así, no solo en Mendoza sino en otras ciudades del país, aquellos inimitables centros de la cultura popular se transformaron en ruinas pero a la vez comenzaron a ser leyenda.

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José Luis Verderico